Confidencias de un amigo

Relato breve por: “El cachondo de los santos inocentes”
Javier M. de P. (Madrid)

Capítulo I

– ¿Entonces mañana a las diez en la puerta de tu casa?–preguntó Javi a su amigo Chema-.
– Si, si, venga nos vemos. – Contesto éste.

Javi y Chema eran amigos de toda la vida. Se conocieron en el colegio y desde entonces su afición al senderismo les unía casi todos los fines de semana. Y como Chema se “sentía” responsable de su amigo, aprovechaba cualquier ocasión para explicarle algunas cosas a Javi, que a la vez se empezaba a sentir algo intrigado pero comprendía con mucho sentido las cosas que su amigo le decía. Así le quedo claro que cada persona era consecuencia de su libertad, que tenemos unos dones que Dios nos ha dado para conseguir el ser buenas personas y que hemos de cultivar el resto, aunque, por supuesto, también influye la genética y el ambiente en el que nacemos, lo que genera un ser único e irrepetible.

– Oye, ¿y tu como conoces estas cosas tan bien? – pregunto Javi.
– Bueno, no es nada especial, es que últimamente he estado leyendo un libro que se llama “El síndrome del perfeccionista”, de un tal Dr. Manuel Álvarez que dice estas y otras cosas “mu raras” – le respondió Chema.

En esa excursión, Chema le propuso a Javi que fuera a visitar al tal Dr. Álvarez a su clínica de Madrid. Chema, que conocía a su amigo y que él también era perfeccionista, sabia lo duro que resultaba serlo.
Javi acusaba problemas de sueño, pero en verdad esos no eran más que problemillas subjetivos por encima del verdadero problema de fondo. Sabía que con cariño y paciencia podría conseguir que Javi se quitara los pensamientos de autoculpa y fuese más feliz, porque le había echado la culpa a sus estudios, a la familia, y a tantas cosas y ahora Chema le podía ayudar a encontrar la solución.
Pues que sorpresa, Chema no era el único perfeccionista del planeta y ahora le correspondía ayudar y hacérselo ver a Javi. En este momento callaban y Chema pensaba en el día en que se enteró de que él lo era: Tampoco le afecto mucho, por no decir nada, pero se preguntaba qué era eso del perfeccionista, hasta que, con la ayuda médica, notó que en sus estudios las cosas comenzaban a cambiar, que ya no luchaba contra un fantasma, sino contra algo material y que todo le comenzaba a sonreír con mucho menos esfuerzo. Era un gran alivio y ¡lo habían notado hasta en su casa!
Es curioso –pensaba- casi siempre el perfeccionista es el último en enterarse. ¿Y porque se lo dice alguien! Ahora recuerdo como, antes, sufría si algo no estaba totalmente bien hecho, hasta el detalle mas nimio. Y además no bastaba solo con eso sino que tenia que obtener la “aprobación” de los demás. No vamos a negar que en la vida va a haber dolor siempre, pero también es cierto que al medico y al buen amigo, a la persona que te conoce bien, le corresponde aliviarlo.
– Menos mal que me dejé arreglar – pensaba Javier – a pesar de que me daba un poco de vergüenza de que alguien supiera mis cosas más intimas… La verdad es que hay que dejar que el médico haga su trabajo que será para bien.
– ¡Oye tío! Cuéntame algo – protestó Javi – ¡que parece que estás resolviendo un sudoku mentalmente de lo callao que estás!

Capítulo II
De nuevo de excursión, Chema ya le había referido cual creía que era el problema de Javi. Habían hecho falta excursiones de valentía y tiempo para que al final Chema se lanzase a exponerle su sincera opinión a su amigo:
– Mira, creo que tu problema es que a veces la autocrítica te corroe de tal manera que hasta te dan ganas de suicidarte, ¿a que si? Tu eres un perfeccionista como yo: antes yo era un “debería hacer esto, lo otro” constantemente, pides siempre la excelencia a pesar de que a veces no sabes hacerlo… y estás siempre con el “runrún”, – le explicaba Chema – una cosa es la actitud normal de querer hacer las cosas bien y otra muy distinta es esa insatisfacción, el pesimismo de que siempre se puede hacer mejor… a esto se le llama perfeccionismo neurótico. Por eso estás tan delgado, porque te corroe el afán de perfección de tonterías.
– Bueno, ya sabes que no me sale nada bien desde hace 6 o 7 años –comenzó a responder Javi-. Si, es verdad que parece que nunca me conformo con mis deberes y a veces me pongo propósitos que quien los vea pensará que “ me faltan unas tuercas…” Incluso a veces a ti también te “he dao la vara con esto”. Y en casa igual, porque quiero que la gente me vea como una persona que mola y un chaval guay según la gente que me ve aunque sea un minuto y por eso me esfuerzo en cumplir esas expectativas. Y pensar lo duro que he sido con la gente, en casa o contigo por conseguir eso… Y cuando a veces lo consigo parece como si hubiera estado tirado…
-Para algo están los colegas, ¿no?
Y Javier se daba cuenta de que estaba dando en el clavo: sus mismos pensamientos, ideas de perfeccionista hace 4 meses más o menos: que si el mundo se divide en superhéroes y en pringaos, que si a veces no lograba hacer tal cosa pues era culpa de otro, siempre renovando propósitos, con miedo a ser juzgado negativamente, etc… Comprendía que el camino residía más bien en ser un tío alegre, que afronta la realidad y lucha esperanzado y alegre. Si no, te ahogas a ti mismo en un charco.

Capítulo III

Javi todavía no sabía aceptarlo, pero desde la pasada excursión pensaba que si su amigo no le había fallado nunca, algo de razón podría tener y por eso se leyó el libro del perfeccionista que ya hemos citado.
– Oye, pues sabes que vas a tener razón – le dijo en un descanso, un día, Javi a Chema.
– Pues claro, si da tres el problema de álgebra.
– No tonto, en lo del perfeccionista. Es que me estoy leyendo el libro ese que me dijiste y tienes razón. Hasta he hecho una lista con las cosas de que me doy cuenta que me pasan y son síntomas de esta cosa rara que me has dicho, mira. Y sacó de su bolsillo el papel del bocata en el que había apuntado las cosas en las que se identificaba con la descripción del libro.
-¿Ves, ves? Los objetivos incumplibles, la autocrítica constante, la magnificación de chorradas, el perpetuo pensamiento de que estarán opinando de mí los demás, el andar cuidando al máximo los detalles…
– Si, si – interrumpió Chema – como si fueran examinadores, vamos, que nos dan su beneplácito o nos ahorcamos.
– Eso es – continúo Javi –. Más cosas: la responsabilidad absoluta, sin poder delegar ni una parte del trabajo en equipo. La constante sensación del deber hacer algo… Además siempre estoy comprobando cosas y por eso a veces voy lento al estudiar, porque siempre voy haciendo cálculos de toda clase. Y cuando no se que hacer me da vergüenza delegar o preguntarlo y acabo por no hacerlo.
– Bueno, pues ahora que te das cuenta, a luchar, ¿no?
– Pero cómo, si soy perfeccionista por culpa del ambiente que me rodea, por mi familia, mis estudios, ¿cómo lo voy a superar?. Si parece que incluso durmiendo tengo pánico al error, parece que viene una gran piedra sobre mí…
– Bah, no te preocupes demasiado, no eres ni el primero ni el ultimo, solo mira a las personas que se sienten inferiores: tienen tal afán de superación que no aceptan ni una… No todos pero seguro que ahí hay más de uno.- respondió Chema. – Pero el rechazo al perfeccionismo es totalmente posible ¿eh?, mira al típico chaval rebeldillo de la calle que se cree algo y en su casa luego su padre le dice que estudie y es un empellón. Fíjate en ese que si depende de cómo le vean los demás: si falla en su posición de malote luego se “taladra” con la autocrítica. Para evitar esto no puede fallar, depende de lo que destaca. Y todo el rato viéndose el ombligo, a ver que tal estoy, que aparento…. Es curioso, siempre tiene cara de pivula, porque si cumple sus expectativas piensa que el objetivo era demasiado fácil, y si no las cumple se “taladra”, así que para esa agonía es que no compensa…
– Pues va a ser eso, ¿eh? Oye que empieza mi clase, luego te llamo. ¡Hasta luego!

Continuará…………………..

Madrid 1-IX-2008